¿Macho o hembra? Cómo distinguir el sexo de una codorniz
Desde qué edad se puede sexar una codorniz, qué revelan el plumaje, el canto y la conducta, cuándo ayuda la revisión cloacal y cuántos machos pueden convivir.
En la codorniz de color salvaje, la más extendida, el sexo se ve en el plumaje: la hembra lleva motas oscuras sobre un pecho claro, y el macho un pecho de color pardo rojizo uniforme, sin ese dibujo. Esa mirada solo es fiable cuando el plumaje juvenil ha dado paso al primer plumaje verdadero — en la práctica, hacia la cuarta o sexta semana de vida. En las variedades de un solo color el plumaje no dice nada; ahí deciden el canto del macho y, en manos con oficio, la revisión de la cloaca.
Desde qué edad se distinguen
Los pollitos recién nacidos no se distinguen a simple vista. Lo que en los primeros días parece una diferencia es casualidad: los pollitos de un mismo nacimiento varían en tamaño, en lo avanzado del plumaje y en lo despiertos que son. Ninguno de esos rasgos dice nada del sexo.
La valoración se vuelve aprovechable con el cambio de pluma. En muchas aves las primeras señales aparecen desde la tercera semana; un plantel se puede juzgar con fiabilidad, por lo general, entre la cuarta y la sexta. Hasta entonces separar tampoco suele compensar: mientras las aves crecen juntas y no han llegado a la madurez sexual, el grupo mezclado no hace daño.
Si necesita a toda costa saberlo antes — porque le han encargado grupos de cría con antelación, pongamos, o porque no hay sitio para dos compartimentos —, no hay más camino que una prueba genética o una comprobación posterior. Adivinar, en este punto, no ayuda a nadie.
El plumaje — y dónde falla
En la codorniz de color salvaje el pecho es la zona que decide. La hembra muestra motas o rayas oscuras bien marcadas sobre un fondo claro, a menudo color crema. El macho tiene el pecho de un pardo rojizo a canela uniforme, con como mucho algunos cañones claros repartidos, pero sin dibujo moteado. Muchos machos enseñan además un dibujo más marcado en la garganta y en la mejilla, que se oscurece con las semanas.
Mire el ave a la luz del día y sosténgala con calma sobre la palma abierta, en vez de juzgarla en la jaula a dos metros. Un pecho erizado a media luz lleva a veredictos equivocados.
En otras variedades de color rige el mismo principio, pero más flojo: donde el color de fondo es más claro o más oscuro en conjunto, el contraste entre las motas y el fondo baja, y la valoración pasa a ser cuestión de experiencia. En las aves de un solo color es del todo inútil. En la codorniz blanca pura no hay pigmento alguno para un dibujo; en las uniformemente oscuras el dibujo se pierde en el color de fondo. Tampoco sirve mirar en los plumajes pintos, con el pecho blanco del todo o en parte: sencillamente no queda superficie donde puedan verse las motas.
La frase importante de esta sección es por tanto esta: el plumaje no es un rasgo general, sino un rasgo de ciertas variedades de color. Si lleva un plantel mezclado, para una parte de las aves necesitará siempre un segundo método.
El canto del macho
El rasgo más fiable de todos es el canto, y funciona en cualquier variedad de color. El macho canta fuerte, áspero y en varias sílabas, casi siempre en series cortas y a menudo de pie, con el cuello estirado. Quien ha oído ese canto una vez ya no lo confunde. Las hembras no son mudas, ni mucho menos, pero se quedan en sonidos suaves y bajos: trinos, silbidos cortos, un tecleo rápido cuando se excitan.
El inconveniente de este método es el momento. Los cantos solo empiezan al llegar la madurez sexual, en la práctica hacia la quinta u octava semana. Y no sirven de contador: un macho dominante canta mucho, y otros de rango inferior en el mismo grupo pueden pasarse días callados. El número de machos no se deduce por tanto del número de cantores — pero de un cantor sí se deduce que ahí hay al menos un macho.
La revisión de la cloaca — un método para manos con oficio
Los machos sexualmente maduros tienen en la zona de la cloaca una glándula que produce una secreción blanquecina y espumosa. Con una presión cuidadosa en el borde de la cloaca esa espuma sale. En las hembras no. Eso convierte a la revisión en el único rasgo que funciona con independencia de la variedad de color y de las ganas de cantar.
Es al mismo tiempo el rasgo donde más cosas pueden salir mal. La codorniz es un ave pequeña, de huesos finos y abdomen sensible; la presión sobre el cuerpo, un agarre precipitado o un ave que se tira de la mano acaban en lesiones. Si usa la revisión, hágalo así:
- Solo en aves sexualmente maduras. Antes la glándula no está desarrollada, y un resultado negativo no significa absolutamente nada.
- Sujete el ave con firmeza pero sin presión sobre pecho y vientre, con las patas guiadas entre los dedos y sobre una superficie blanda.
- Solo se palpa con suavidad la zona alrededor de la cloaca. Si tiene que apretar, algo está haciendo mal.
- Unos segundos, y de vuelta a su sitio. Si el ave se altera, pare y repita más tarde.
- Que le enseñe el manejo una vez alguien que lo domine, en vez de aprenderlo usted solo con sus propias aves.
Por cierto: la ausencia de espuma es una prueba más floja que su presencia. Puede hablar de una hembra, pero también de un ave que aún no ha llegado a ese punto o que acaba de descargar. Si un ave presenta algo raro en esa zona — bultos, apelmazamiento pegajoso, sangre —, eso ya no es cuestión de sexado, sino del veterinario.
La conducta en el grupo
Quien mira todos los días reconoce a menudo a los machos antes de tocarlos. Los machos se encaran, se persiguen, saltan y resuelven sus conflictos en choques cortos y violentos, casi siempre en torno a la cabeza y el cuello. Al montar sujetan a la hembra por el cuello — la consecuencia típica son zonas peladas en el cuello y el dorso de algunas hembras, y esa huella se ve aunque nunca haya presenciado el acto.
La conducta es, eso sí, un indicio y no una prueba. También las hembras marcan rango, y en un grupo solo de hembras alguna asume de vez en cuando conductas que se atribuyen al macho. Tome la conducta como motivo para mirar más de cerca, no como resultado.
Qué hacer con el resultado
El sentido de todo este ejercicio es formar los grupos. Para la cría se pone un macho con varias hembras; en la práctica funciona bien un margen de tres a cinco hembras por macho. Con menos hembras, cada una es montada demasiadas veces y se queda pelada del cuello; con bastantes más, una parte de los huevos se queda sin fecundar, cosa que se nota al ovoscopiar durante la incubación.
Los grupos, mejor dejarlos como están. Cada traslado reordena la jerarquía, y las semanas siguientes cuestan calma y huevos.
Los machos sobrantes son el problema de verdad de cada nacimiento, porque salen más o menos tantos machos como hembras. Si varios machos sexualmente maduros se sientan a la vista de las mismas hembras, pelean, y esas peleas no se paran solas: terminan en heridas en la cabeza, en aves apartadas del comedero y en hembras inquietas que ponen peor. Si quiere conservar machos sobrantes, manténgalos aparte y fuera de la vista de las hembras — y ni siquiera eso funciona siempre. Las alternativas son colocarlos o aprovecharlos; lo que haya que respetar en materia de registro, transporte y venta lo regula cada región y cada comarca de forma distinta, y la información vinculante viene de la oficina veterinaria (Veterinäramt) competente.
Si de todos modos anota sus aves una a una, meta el sexo en el primer resultado fiable y no antes — un apunte corregido no vale nada si el grupo de cría ya se ha formado sobre él.